A través de este blog, pretendemos reflexionar sobre nuestra experiencia lingüística y literaria para descubrir cómo, mediante la palabra, se abren los significados del mundo y de la vida.
sábado, 4 de octubre de 2014
Mi blog actual
Estimados alumnos y alumnas, como ya sabéis, aunque este blog aparezca en la página web del centro, no lo utilizo desde hace años, y pronto lo eliminaré. Ya he avisado reiteradamente para que cambien el enlace.Mi blog actual, con el que llevo varios años trabajando es elamigodesancho.blogspot.com. Por favor, pinchad este enlace, si queréis entrar en él.
martes, 10 de abril de 2012
sábado, 7 de abril de 2012
lunes, 2 de abril de 2012
sábado, 18 de febrero de 2012
domingo, 21 de agosto de 2011
lunes, 23 de mayo de 2011
No piden la luna
Quién nos iba a decir a estas alturas del partido que debajo de los adoquines era verdad que estaba la playa, que cualquier noche puede salir el sol, y todavía nos queda el París de Madrid en este mayo que no tiene el alma muerta y hoy siente bullir la sangre. Los hijos que sí tuvimos no se esconden ya en las cloacas y adivinan que ya tendríamos que haber dicho basta, que haber dicho no, que haber tirado de un lado y de otro de esa estaca podrida que nos habíamos clavado nosotros mismos en el pecho de nuestros sueños.
Ladran porque cabalgan, jinetes del futuro al sol y a la luna. Les han sacado los colores a la izquierda. Por ellos, la derecha saca de nuevo los colmillos. Les han dicho de todo y nada bonito. Nos han dicho de todo y con verdades de ingenio como puños que quizá ya nadie alza.
Son jóvenes en su mayoría, esa generación ni-ni a la que siempre hemos acusado, los que nos atrevimos a nada, los que en seguida nos plegamos al conformismo y a la esclavitud de los relojes y las nóminas, de vivir una vida muelle, una vida fácil. Nosotros, que ni siquiera podíamos contarles, como nos contaron nuestros padres, batallitas de lo dura que fue la vida en la posguerra. Los hemos malcriado y esperábamos, quizá, que los gritos de su silencio vinieran a disimular los silencios de esos otros gritos que nosotros dejamos de tirar al cielo quizá un mes de febrero del año 1981.
Están indignados pero lo que reparten es ilusión. Han aprendido que la tecnología es un arma cargada de presente, que el pensamiento libre no se corta como se corta una señal desde un satélite, que con su puedo y su quiero van juntos desalambrando lo que con cuatro palabritas finas nos robaron, nos roban. Piden pan y la palabra, están hartos de estar hartos, y quieren lo que nosotros quisimos, lo que quizá consiguieron por nosotros, la herencia que no les vamos a dejar porque algo en la sombra, venido de las catacumbas del Mordor contemporáneo que es Wall Street, les ha borrado del futuro.
Quizá lo que quieren es virgencita que me quede como estoy. Recuperar el tiempo perdido que les hemos quitado del mañana que les prometimos tan felices. Y piden lo que tendríamos que haber pedido todos hace ya mucho tiempo. La democracia no es una meta, sino un camino. Y ese camino es revisable. Lo que se marchita, se siembra de nuevo. No nos piden la luna: no hace falta. Piden el sol desde Sol, desde los muchos soles que nos alumbran esta democracia sin debate interno y dirigida desde fuera a la que hemos claudicado. Piden recuperar entre todos la esperanza.
Rafael Marín. Publicado en La Voz de Cádiz el 23-05-2011
Ladran porque cabalgan, jinetes del futuro al sol y a la luna. Les han sacado los colores a la izquierda. Por ellos, la derecha saca de nuevo los colmillos. Les han dicho de todo y nada bonito. Nos han dicho de todo y con verdades de ingenio como puños que quizá ya nadie alza.
Son jóvenes en su mayoría, esa generación ni-ni a la que siempre hemos acusado, los que nos atrevimos a nada, los que en seguida nos plegamos al conformismo y a la esclavitud de los relojes y las nóminas, de vivir una vida muelle, una vida fácil. Nosotros, que ni siquiera podíamos contarles, como nos contaron nuestros padres, batallitas de lo dura que fue la vida en la posguerra. Los hemos malcriado y esperábamos, quizá, que los gritos de su silencio vinieran a disimular los silencios de esos otros gritos que nosotros dejamos de tirar al cielo quizá un mes de febrero del año 1981.
Están indignados pero lo que reparten es ilusión. Han aprendido que la tecnología es un arma cargada de presente, que el pensamiento libre no se corta como se corta una señal desde un satélite, que con su puedo y su quiero van juntos desalambrando lo que con cuatro palabritas finas nos robaron, nos roban. Piden pan y la palabra, están hartos de estar hartos, y quieren lo que nosotros quisimos, lo que quizá consiguieron por nosotros, la herencia que no les vamos a dejar porque algo en la sombra, venido de las catacumbas del Mordor contemporáneo que es Wall Street, les ha borrado del futuro.
Quizá lo que quieren es virgencita que me quede como estoy. Recuperar el tiempo perdido que les hemos quitado del mañana que les prometimos tan felices. Y piden lo que tendríamos que haber pedido todos hace ya mucho tiempo. La democracia no es una meta, sino un camino. Y ese camino es revisable. Lo que se marchita, se siembra de nuevo. No nos piden la luna: no hace falta. Piden el sol desde Sol, desde los muchos soles que nos alumbran esta democracia sin debate interno y dirigida desde fuera a la que hemos claudicado. Piden recuperar entre todos la esperanza.
Rafael Marín. Publicado en La Voz de Cádiz el 23-05-2011
lunes, 16 de mayo de 2011
El viejo que leía novelas de amor II

Antonio José Bolívar Proaño nunca pensó en la palabra libertad, y ladisfrutaba a su antojo en la selva. Por más que intentara revivir su proyecto de
odio, no dejaba de sentirse a gusto en aquel mundo, hasta que lo fue olvidando,
seducido por las invitaciones de aquellos parajes sin límites y sin dueños.
Comía en cuanto sentía hambre. Seleccionaba los frutos más sabrosos,
rechazaba ciertos peces por parecerle lentos, rastreaba un animal de monte y al
tenerlo a tiro de cerbatana su apetito cambiaba de opinión.
Al caer la noche, si deseaba estar solo se tumbaba bajo una canoa, y si en
cambio precisaba compañía buscaba a los shuar.
Estos lo recibían complacidos. Compartían su comida, sus cigarros de
hoja, y charlaban largas horas escupiendo profusamente en torno a la eterna
fogata de tres palos.
—¿Cómo somos? —le preguntaban.
—Simpáticos como una manada de micos, habladores como los papagayos
borrachos, y gritones como los diablos.
Los shuar recibían las comparaciones con carcajadas y soltando sonoros
pedos de contento.
—Allá, de donde vienes, ¿cómo es?
—Frío. Las mañanas y las tardes son muy heladas. Hay que usar ponchos
largos, de lana, y sombreros.
—Por eso apestan. Cuando cagan ensucian el poncho.
—No. Bueno, a veces pasa. Lo que ocurre es que con el frío no podemos
bañarnos como ustedes, cuando quieren.
—¿Los monos de ustedes también llevan poncho?
—No hay monos en la sierra. Tampoco saínos. No cazan las gentes de la
sierra. —¿Y qué comen, entonces?
—Lo que se puede. Papas, maíz. A veces un puerco o una gallina, para las
fiestas. O un cuy en los días de mercado.
—¿Y qué hacen, si no cazan?
—Trabajar. Desde que sale el sol hasta que se oculta.
—¡Qué tontos!, ¡qué tontos! —sentenciaban los shuar.
A los cinco años de estar allí supo que nunca abandonaría aquellos
parajes. Dos colmillos secretos se encargaron de transmitirle el mensaje.
El viejo que leía novelas de amor


El alcalde, único funcionario, máxima autoridad y representante de un poder demasiado lejano como para provocar temor, era un individuo obeso que sudaba sin descanso.
Decían los lugareños que la sudadera le empezó apenas pisó tierra luego de desembarcar del Sucre, y desde entonces no dejó de estrujar pañuelos, ganándose el apodo de la Babosa.
Murmuraban también que antes de llegar a El Idilio estuvo asignado en alguna ciudad grande de la sierra, y que a causa de un desfalco lo enviaron a ese rincón perdido del oriente como castigo. Sudaba, y su otra ocupación consistía en administrar la provisión de cerveza. Estiraba las botellas bebiendo sentado en su despacho, a tragos cortos, pues sabía que una vez terminada la provisión la realidad se tornaría más desesperante.
Cuando la suerte estaba de su parte, podía ocurrir que la sequía se viera recompensada con la visita de un gringo bien provisto de whisky. El alcalde no bebía aguardiente como los demás lugareños. Aseguraba que el Frontera le provocaba pesadillas y vivía acosado por el fantasma de la locura. Desde alguna fecha imprecisa vivía con una indígena a la que golpeaba salvajemente acusándola de haberle embrujado, y todos esperaban que la mujer lo asesinara. Se hacían incluso apuestas al respecto.
Desde el momento de su arribo, siete años atrás, se hizo odiar por todos. Llegó con la manía de cobrar impuestos por razones incomprensibles. Pretendió vender permisos de pesca y caza en un territorio ingobernable.
Quiso cobrar derecho de usufructo a los recolectores de leña que juntaban madera húmeda en una selva más antigua que todos los Estados, y en un arresto de celo cívico mandó construir una choza de cañas para encerrar a los borrachos que se negaban a pagar las multas por alteración del orden público.
Su paso provocaba miradas despectivas, y su sudor abonaba el odio de los lugareños. El anterior dignatario, en cambio, sí fue un hombre querido. Vivir y dejar vivir era su lema. A él le debían las llegadas del barco y las visitas del correo y del dentista, pero duró poco en el cargo.
Cierta tarde mantuvo un altercado con unos buscadores de oro, y a los dos días lo encontraron con la cabeza abierta a machetazos y medio devorado por las hormigas.
(Luis Sepúlveda. Un viejo que leía novelas de amor)
ORIENTACIONES PARA EL COMENTARIO
El fragmento para el comentario que se nos propone pertenece a la obra “Un viejo que leía novelas de amor”, que constituye un texto literario de género narrativo. Su autor, Luis Sepúlveda, nacido en Chile en 1949, es un destacado novelista del post-boom de la literatura hispanoamericana, aunque también ha cultivado otros géneros como la poesía y el cuento.
En esta obra, galardonada con el premio Tigre Juan y traducida a catorce idiomas, nos presenta la historia de Antonio José Proaño, un anciano solitario que, después de haber pasado largos años conviviendo con los indígenas shuar, quienes llegaron a considerarlo uno de los suyos, conoce todos los secretos de la selva amazónica. Sin embargo, su territorio se encuentra ahora amenazado por la llegada del hombre blanco y por la destrucción cruel y ciega que éste trae consigo. Podríamos considerar que la denuncia ecologista de la destrucción de la Amazonia es un tema presente a lo largo de toda la obra, y que el autor sabe tratar de forma magistral en la creación de ambientes, situaciones y personajes.
La historia se desarrolla a principios del siglo XX, aunque la narración, en ocasiones, se basa en los recuerdos o hechos pasados que vienen a la mente del protagonista, y que explican algunos de los acontecimientos importantes en la historia. El narrador es omnisciente, es decir, conocedor de los hechos de forma total y absoluta, sabiendo en cada instante, lo que piensan y sienten los personajes. (Sería conveniente apoyar estas afirmaciones con ejemplos extraídos del fragmento o de otros pasajes del libro)
Podría hacerse una valoración de los personajes en función de su caricaturización según su comportamiento en relación con el respeto a la naturaleza, tan presente a lo largo del libro. Así tenemos dos grupos:
-Aquéllos que respetan la naturaleza y valoran su conservación: Proaño, Loachamín (el dentista), Nushiño y la tigrilla ( que es realmente un personaje fundamental en la trama de la novela, por ser el único que presenta un valor simbólico, es decir, podría ser visto como la naturaleza invadida por la civilización, que tiene un final trágico)
-Personajes que suponen la destrucción de la naturaleza: Este grupo estaría formado por el Alcalde, personaje descrito en este fragmento, y los gringos y cazadores, considerados como ambiciosos y estúpidos.
En cuanto al alcalde, personaje al que está dedicado este pequeño texto, podríamos decir que es el antagonista a Antonio José Bolívar Proaño, protagonista de esta obra, conocedor y amante de la Amazonia y los shuar. El Alcalde, por el contrario, es retratado como un ser despreciable, tanto física como moralmente, que no hace más que complicar la trama. Es un personaje gordo, odiado por todos, que llega a “El Idilio” con la pretensión de ganar dinero. Es, además, símbolo de la "civilización" blanca, completo desconocedor de las costumbres y usos de la zona, y que pretende ejercer la autoridad en un “territorio ingobernable”. La caracterización del personaje –obeso, sudoroso- ya nos da a entender el desprecio que provoca entre los lugareños; pero se trata de un desprecio recíproco, mayor si cabe por parte del alcalde, que se basa en la consideración de que los indios son seres incivilizados.
Esta idea, que podríamos afirmar se encuentra establecida en la cultura occidental desde la llegada de Colón a América, es precisamente la que se plantea invertir Luis Sepúlveda con este relato. El conflicto entre civilización y barbarie, la progresiva desvinculación del desarrollo de la razón con la naturaleza, los sentidos y el instinto aparecen representados en la novela por unos colonizadores que se entremeten en un mundo del que nada conocen y al que nada deben, alterando a su paso el equilibrio antes tan bien atesorado. Los habitantes de la selva, por su parte, aparecen pasivos ante un poder invencible que, de hecho, terminará acabando con ellos.
No se trata de un tema imaginario: la novela indigenista americana, vertiente dentro de la que podemos encuadrar esta obra, constituye un extraordinario medio de denuncia a ese “progreso” que ya ha acabado con más de un sesenta por ciento de la selva amazónica, y ante todo, un canto al amor por la naturaleza.
Decían los lugareños que la sudadera le empezó apenas pisó tierra luego de desembarcar del Sucre, y desde entonces no dejó de estrujar pañuelos, ganándose el apodo de la Babosa.
Murmuraban también que antes de llegar a El Idilio estuvo asignado en alguna ciudad grande de la sierra, y que a causa de un desfalco lo enviaron a ese rincón perdido del oriente como castigo. Sudaba, y su otra ocupación consistía en administrar la provisión de cerveza. Estiraba las botellas bebiendo sentado en su despacho, a tragos cortos, pues sabía que una vez terminada la provisión la realidad se tornaría más desesperante.
Cuando la suerte estaba de su parte, podía ocurrir que la sequía se viera recompensada con la visita de un gringo bien provisto de whisky. El alcalde no bebía aguardiente como los demás lugareños. Aseguraba que el Frontera le provocaba pesadillas y vivía acosado por el fantasma de la locura. Desde alguna fecha imprecisa vivía con una indígena a la que golpeaba salvajemente acusándola de haberle embrujado, y todos esperaban que la mujer lo asesinara. Se hacían incluso apuestas al respecto.
Desde el momento de su arribo, siete años atrás, se hizo odiar por todos. Llegó con la manía de cobrar impuestos por razones incomprensibles. Pretendió vender permisos de pesca y caza en un territorio ingobernable.
Quiso cobrar derecho de usufructo a los recolectores de leña que juntaban madera húmeda en una selva más antigua que todos los Estados, y en un arresto de celo cívico mandó construir una choza de cañas para encerrar a los borrachos que se negaban a pagar las multas por alteración del orden público.
Su paso provocaba miradas despectivas, y su sudor abonaba el odio de los lugareños. El anterior dignatario, en cambio, sí fue un hombre querido. Vivir y dejar vivir era su lema. A él le debían las llegadas del barco y las visitas del correo y del dentista, pero duró poco en el cargo.
Cierta tarde mantuvo un altercado con unos buscadores de oro, y a los dos días lo encontraron con la cabeza abierta a machetazos y medio devorado por las hormigas.
(Luis Sepúlveda. Un viejo que leía novelas de amor)
ORIENTACIONES PARA EL COMENTARIO
El fragmento para el comentario que se nos propone pertenece a la obra “Un viejo que leía novelas de amor”, que constituye un texto literario de género narrativo. Su autor, Luis Sepúlveda, nacido en Chile en 1949, es un destacado novelista del post-boom de la literatura hispanoamericana, aunque también ha cultivado otros géneros como la poesía y el cuento.
En esta obra, galardonada con el premio Tigre Juan y traducida a catorce idiomas, nos presenta la historia de Antonio José Proaño, un anciano solitario que, después de haber pasado largos años conviviendo con los indígenas shuar, quienes llegaron a considerarlo uno de los suyos, conoce todos los secretos de la selva amazónica. Sin embargo, su territorio se encuentra ahora amenazado por la llegada del hombre blanco y por la destrucción cruel y ciega que éste trae consigo. Podríamos considerar que la denuncia ecologista de la destrucción de la Amazonia es un tema presente a lo largo de toda la obra, y que el autor sabe tratar de forma magistral en la creación de ambientes, situaciones y personajes.
La historia se desarrolla a principios del siglo XX, aunque la narración, en ocasiones, se basa en los recuerdos o hechos pasados que vienen a la mente del protagonista, y que explican algunos de los acontecimientos importantes en la historia. El narrador es omnisciente, es decir, conocedor de los hechos de forma total y absoluta, sabiendo en cada instante, lo que piensan y sienten los personajes. (Sería conveniente apoyar estas afirmaciones con ejemplos extraídos del fragmento o de otros pasajes del libro)
Podría hacerse una valoración de los personajes en función de su caricaturización según su comportamiento en relación con el respeto a la naturaleza, tan presente a lo largo del libro. Así tenemos dos grupos:
-Aquéllos que respetan la naturaleza y valoran su conservación: Proaño, Loachamín (el dentista), Nushiño y la tigrilla ( que es realmente un personaje fundamental en la trama de la novela, por ser el único que presenta un valor simbólico, es decir, podría ser visto como la naturaleza invadida por la civilización, que tiene un final trágico)
-Personajes que suponen la destrucción de la naturaleza: Este grupo estaría formado por el Alcalde, personaje descrito en este fragmento, y los gringos y cazadores, considerados como ambiciosos y estúpidos.
En cuanto al alcalde, personaje al que está dedicado este pequeño texto, podríamos decir que es el antagonista a Antonio José Bolívar Proaño, protagonista de esta obra, conocedor y amante de la Amazonia y los shuar. El Alcalde, por el contrario, es retratado como un ser despreciable, tanto física como moralmente, que no hace más que complicar la trama. Es un personaje gordo, odiado por todos, que llega a “El Idilio” con la pretensión de ganar dinero. Es, además, símbolo de la "civilización" blanca, completo desconocedor de las costumbres y usos de la zona, y que pretende ejercer la autoridad en un “territorio ingobernable”. La caracterización del personaje –obeso, sudoroso- ya nos da a entender el desprecio que provoca entre los lugareños; pero se trata de un desprecio recíproco, mayor si cabe por parte del alcalde, que se basa en la consideración de que los indios son seres incivilizados.
Esta idea, que podríamos afirmar se encuentra establecida en la cultura occidental desde la llegada de Colón a América, es precisamente la que se plantea invertir Luis Sepúlveda con este relato. El conflicto entre civilización y barbarie, la progresiva desvinculación del desarrollo de la razón con la naturaleza, los sentidos y el instinto aparecen representados en la novela por unos colonizadores que se entremeten en un mundo del que nada conocen y al que nada deben, alterando a su paso el equilibrio antes tan bien atesorado. Los habitantes de la selva, por su parte, aparecen pasivos ante un poder invencible que, de hecho, terminará acabando con ellos.
No se trata de un tema imaginario: la novela indigenista americana, vertiente dentro de la que podemos encuadrar esta obra, constituye un extraordinario medio de denuncia a ese “progreso” que ya ha acabado con más de un sesenta por ciento de la selva amazónica, y ante todo, un canto al amor por la naturaleza.
sábado, 14 de mayo de 2011
Los girasoles ciegos

Texto 1:
Si tuviéramos que imaginar en qué se convirtió la vida para el capitán Alegría, deberíamos hablar de un torbellino de aceite: lento, pastoso, inexorable. Paseando su soledad en aquel hangar de angustias, envuelto en el vacío, trasladando consigo la distancia entre él y el universo, aguardó el momento que precede al final ignorando que el final no estaba escrito.
Nueve días estuvo esperando su turno. Cada madrugada, al azar, como recuas, un grupo de prisioneros era obligado a formar en el hangar y conducido, de a dos en fondo, hasta unos camiones que se perdían ruidosamente en un paisaje tibio y desolado. Pocos se despedían. Los más se iban en silencio. Es probable que a Alegría, acostumbrado a observar a su enemigo, la muerte sin aspavientos le resultara familiar, pero la vida aprisionada en la casualidad de estar o no estar en el rincón elegido para designar los muertos debió de resultarle insoportable. Alegría rechazaba el azar, necesitaba el orden.
Podemos suponer cierto alivio cuando el día dieciocho, exhausto bajo una lluvia inclemente, fue él uno de los miembros de la recua. En el camión, hacinados y guardando el equilibrio, todos los condenados se miraban a los ojos, se cogían de la mano, se apretaban unos contra otros. A mitad de camino, una mano buscó la suya y su soledad se desvaneció en un apretón silencioso, prolongado, intenso, que le dio cabida en la comunidad de los vencidos. Tras la mano, una mirada. Otras miradas, otros ojos enrojecidos por la debilidad y el llanto sofocado. “Perdonadme”, dijo, y se zambulló en aquel tumulto de cuerpos desolados.
Los girasoles ciegos, primer relato
Texto 2:
Juan supo que ya no tendría mucho tiempo para acabar su carta. Con una letra parsimoniosa y minúscula siguió escribiendo hasta agotar todo el papel que había conseguido:
“Aún estoy vivo, pero cuando recibas esta carta ya me habrán fusilado. He intentado enloquecer pero no lo he conseguido. Renuncio a seguir viviendo con toda esta tristeza. He descubierto que el idioma que he soñado para inventar un mundo más amable es, en realidad, el lenguaje de los muertos. Acuérdate siempre de mí y procura ser feliz. Te quiere, tu hermano Juan.”
Trató de imaginarse el gesto del alférez capellán cuando tuviera que censurar su carta. Cerró el sobre, puso la dirección de su hermano y se la entregó al guardia de turno para que le diera curso. Era lo habitual.
Así se despedían siempre los muertos de los vivos.
Los girasoles ciegos, tercer relato.
Texto 3:
Me sentí pastor y fui feliz al saber que había descarriados en mi rebaño. ¡Cuán lejos estaba yo, Padre, de saber que yo era el lobo! Como Bossuet, hice acopio de mi cáliz para darles de beber los secretos del Señor. Comencé a hacerme el encontradizo.
Nunca obligué al niño a cantar, aunque no me pasaba desapercibido su fingimiento. Al romper filas, cada tarde, los alumnos se abalanzaban hacia la puerta de salida del colegio. Yo espiaba el comportamiento de Lorenzo y no pocas veces tuve ocasión de encontrarme con su madre. Al principio nos limitábamos a saludarnos formalmente y, aunque ella rehuía mi conversación, poco a poco comenzamos a intercambiar algunos comentarios sobre el niño, luego sobre la infancia alborotada, sobre la misión de la docencia y otros temas que, pensé, me llevarían a hablar de las verdades del alma.
Yo, Padre, notaba que me sentía a gusto junto a ella, pero pensé que si Dios había querido dotar al hombre de una compañera semejante a su primera criatura, adjutorium simili sibi, era también Su Voluntad que yo sintiera la complacencia que sentía. Lorenzo guardaba silencio, si bien es cierto que buscaba con insolencia la mirada de su madre, pero yo, lejos de notar las complicidades que se traían entre manos, me complacía también por el amor filial que su madre le inspiraba. La pez es densa y es oscura para ser impenetrable, Padre.
No niego que intuí en Elena el ancestro de Eva, no el de la Eva hermosa, pura y grácil (…) sino el de la Eva caída, desnuda y arrepentida, la primera inductora del mal. Pese a ello, convertí en rutina acompañar a Lorenzo y a su madre un trecho del camino (..). Había algo en Elena que me inducía a librar mi propia batalla.
Los girasoles ciegos, cuarto relato.
Si tuviéramos que imaginar en qué se convirtió la vida para el capitán Alegría, deberíamos hablar de un torbellino de aceite: lento, pastoso, inexorable. Paseando su soledad en aquel hangar de angustias, envuelto en el vacío, trasladando consigo la distancia entre él y el universo, aguardó el momento que precede al final ignorando que el final no estaba escrito.
Nueve días estuvo esperando su turno. Cada madrugada, al azar, como recuas, un grupo de prisioneros era obligado a formar en el hangar y conducido, de a dos en fondo, hasta unos camiones que se perdían ruidosamente en un paisaje tibio y desolado. Pocos se despedían. Los más se iban en silencio. Es probable que a Alegría, acostumbrado a observar a su enemigo, la muerte sin aspavientos le resultara familiar, pero la vida aprisionada en la casualidad de estar o no estar en el rincón elegido para designar los muertos debió de resultarle insoportable. Alegría rechazaba el azar, necesitaba el orden.
Podemos suponer cierto alivio cuando el día dieciocho, exhausto bajo una lluvia inclemente, fue él uno de los miembros de la recua. En el camión, hacinados y guardando el equilibrio, todos los condenados se miraban a los ojos, se cogían de la mano, se apretaban unos contra otros. A mitad de camino, una mano buscó la suya y su soledad se desvaneció en un apretón silencioso, prolongado, intenso, que le dio cabida en la comunidad de los vencidos. Tras la mano, una mirada. Otras miradas, otros ojos enrojecidos por la debilidad y el llanto sofocado. “Perdonadme”, dijo, y se zambulló en aquel tumulto de cuerpos desolados.
Los girasoles ciegos, primer relato
Texto 2:
Juan supo que ya no tendría mucho tiempo para acabar su carta. Con una letra parsimoniosa y minúscula siguió escribiendo hasta agotar todo el papel que había conseguido:
“Aún estoy vivo, pero cuando recibas esta carta ya me habrán fusilado. He intentado enloquecer pero no lo he conseguido. Renuncio a seguir viviendo con toda esta tristeza. He descubierto que el idioma que he soñado para inventar un mundo más amable es, en realidad, el lenguaje de los muertos. Acuérdate siempre de mí y procura ser feliz. Te quiere, tu hermano Juan.”
Trató de imaginarse el gesto del alférez capellán cuando tuviera que censurar su carta. Cerró el sobre, puso la dirección de su hermano y se la entregó al guardia de turno para que le diera curso. Era lo habitual.
Así se despedían siempre los muertos de los vivos.
Los girasoles ciegos, tercer relato.
Texto 3:
Me sentí pastor y fui feliz al saber que había descarriados en mi rebaño. ¡Cuán lejos estaba yo, Padre, de saber que yo era el lobo! Como Bossuet, hice acopio de mi cáliz para darles de beber los secretos del Señor. Comencé a hacerme el encontradizo.
Nunca obligué al niño a cantar, aunque no me pasaba desapercibido su fingimiento. Al romper filas, cada tarde, los alumnos se abalanzaban hacia la puerta de salida del colegio. Yo espiaba el comportamiento de Lorenzo y no pocas veces tuve ocasión de encontrarme con su madre. Al principio nos limitábamos a saludarnos formalmente y, aunque ella rehuía mi conversación, poco a poco comenzamos a intercambiar algunos comentarios sobre el niño, luego sobre la infancia alborotada, sobre la misión de la docencia y otros temas que, pensé, me llevarían a hablar de las verdades del alma.
Yo, Padre, notaba que me sentía a gusto junto a ella, pero pensé que si Dios había querido dotar al hombre de una compañera semejante a su primera criatura, adjutorium simili sibi, era también Su Voluntad que yo sintiera la complacencia que sentía. Lorenzo guardaba silencio, si bien es cierto que buscaba con insolencia la mirada de su madre, pero yo, lejos de notar las complicidades que se traían entre manos, me complacía también por el amor filial que su madre le inspiraba. La pez es densa y es oscura para ser impenetrable, Padre.
No niego que intuí en Elena el ancestro de Eva, no el de la Eva hermosa, pura y grácil (…) sino el de la Eva caída, desnuda y arrepentida, la primera inductora del mal. Pese a ello, convertí en rutina acompañar a Lorenzo y a su madre un trecho del camino (..). Había algo en Elena que me inducía a librar mi propia batalla.
Los girasoles ciegos, cuarto relato.
sábado, 26 de marzo de 2011
Somosaguas

ME he acordado mucho estos días de mi amigo Alfonso Botti, hispanista italiano especializado en la historia de la Iglesia en la España contemporánea. Alfonso es un historiador brillante y un hombre de izquierdas al que exaspera la debilidad mental de los medios progresistas españoles cuando se enfrentan con el hecho religioso. Podría haberme acordado de sensatos críticos conservadores, al observar el tratamiento mediático del asalto a la capilla universitaria de Somosaguas perpetrado el pasado día 10, pero lo que verdaderamente he echado en falta es una figura como Botti, alguien que, desde la izquierda, pusiera a los periodistas de izquierda ante la evidencia de su estupidez colectiva. Sin embargo, lo último que tuvimos de ese género en España fue el Unamuno socialista, cuyas denuncias de la necedad anticlerical de los publicistas vascos del primer PSOE son comparables a la famosa definición que Bebel hizo del antisemitismo de su tiempo: «El socialismo de los imbéciles». Ya hace un siglo largo que la izquierda española no alumbra a nadie de su talla.
El problema, en efecto, no reside en el puñado de histéricas que montó el numerito satánico en la mencionada capilla, porque la coprolalia, el exhibicionismo y las logorreas blasfematorias, con o sin megáfono, son sólo síntomas, bien de neurosis o de posesión diabólica. Las familias de las implicadas no deben desesperar, porque ambas disfunciones tienen cura. La terapia psicoanalítica es larga y costosa, pero hay otros métodos para calmarlas —al menos, durante una temporada— que ya probaron su eficacia en los días del eximio Charcot. Si fallaran, queda un par de ermitas galaicas a las que recurrir antes de pensar en Lourdes.
Lo preocupante, digo, no está tanto en estas pobres piradas como en sus hermeneutas de la prensa progre. Los hay que hablan de un regreso del mayo del 68, cuando es evidente que a aquéllas no las ha enloquecido un 68 del que ni han oído hablar, sino acaso un abuso del 69. Y, desde luego, la lectura de ciertos periódicos desde los que se ha tratado de cabestros a los obispos, se han prodigado chistecillos ingeniosos sobre las violaciones de monjas y ahora se circunscribe la indignación por los hechos de Somosaguas a «sectores católicos y conservadores». ¿Qué habría dicho Unamuno al respecto?
La fantochada de Somosaguas es equivalente a las alegres profanaciones de cementerios judíos franceses como el de Carpentras, que preludiaron ataques terroristas a sinagogas y derivaron finalmente en una situación de acorralamiento de los judíos por la izquierda antirracista. Tales hechos no se produjeron bajo un régimen pronazi, sino en una democracia, y si no han llegado más allá es porque en Francia este tipo de delitos preocupan por igual a todos los demócratas, judíos y gentiles, conservadores y progresistas, y la prensa, aun la más progre, se cuida mucho de reírles las gracias a los nuevos antisemitas y negacionistas de la extrema izquierda. El anticatolicismo español, por el contrario, ha encontrado comprensión maternal en un periodismo teóricamente democrático y un cómodo terreno de pruebas en determinados campus universitarios beneficiados por la impunidad, al amparo de una autonomía manipulada.
El problema, en efecto, no reside en el puñado de histéricas que montó el numerito satánico en la mencionada capilla, porque la coprolalia, el exhibicionismo y las logorreas blasfematorias, con o sin megáfono, son sólo síntomas, bien de neurosis o de posesión diabólica. Las familias de las implicadas no deben desesperar, porque ambas disfunciones tienen cura. La terapia psicoanalítica es larga y costosa, pero hay otros métodos para calmarlas —al menos, durante una temporada— que ya probaron su eficacia en los días del eximio Charcot. Si fallaran, queda un par de ermitas galaicas a las que recurrir antes de pensar en Lourdes.
Lo preocupante, digo, no está tanto en estas pobres piradas como en sus hermeneutas de la prensa progre. Los hay que hablan de un regreso del mayo del 68, cuando es evidente que a aquéllas no las ha enloquecido un 68 del que ni han oído hablar, sino acaso un abuso del 69. Y, desde luego, la lectura de ciertos periódicos desde los que se ha tratado de cabestros a los obispos, se han prodigado chistecillos ingeniosos sobre las violaciones de monjas y ahora se circunscribe la indignación por los hechos de Somosaguas a «sectores católicos y conservadores». ¿Qué habría dicho Unamuno al respecto?
La fantochada de Somosaguas es equivalente a las alegres profanaciones de cementerios judíos franceses como el de Carpentras, que preludiaron ataques terroristas a sinagogas y derivaron finalmente en una situación de acorralamiento de los judíos por la izquierda antirracista. Tales hechos no se produjeron bajo un régimen pronazi, sino en una democracia, y si no han llegado más allá es porque en Francia este tipo de delitos preocupan por igual a todos los demócratas, judíos y gentiles, conservadores y progresistas, y la prensa, aun la más progre, se cuida mucho de reírles las gracias a los nuevos antisemitas y negacionistas de la extrema izquierda. El anticatolicismo español, por el contrario, ha encontrado comprensión maternal en un periodismo teóricamente democrático y un cómodo terreno de pruebas en determinados campus universitarios beneficiados por la impunidad, al amparo de una autonomía manipulada.
JON JUARISTI Día 20/03/2011
El laicismo como ficción

Atónitos nos hemos quedado al conocer que el grupo de estudiantes que exhibieron sus torsos en la capilla de la Universidad Complutense fueron detenidas como peligrosas delincuentes. Patidifusos, cuando nos hemos enterado que se le imputan dos graves delitos contemplados en el código penal y, finalmente, indignados al saber que se acepta una querella criminal de la asociación ultraderechista Manos en Alto, perdón, Manos Limpias.
Vivimos en la ficción de pertenecer a un país laico, nos pavoneamos de nuestro avance cultural y civilizatorio pero estamos instalados en el "quiero y no puedo" de una sociedad que predica no ser confesional mientras mantiene la religión en todos sus espacios públicos e incluso reserva varios artículos en el código penal -y subrayo penal- para castigar a los que se burlen de las creencias religiosas.
El actual código penal tipifica la profanación con penas de hasta dos años de prisión y la ofensa los dogmas, creencias o ritos religiosos con penas de multa de ocho a doce meses. Un artículo ,el 525, de extraña aplicación, porque como compensación contiene una segunda parte que penaliza con iguales condenas a los que hagan públicamente escarnio de quienes no profesan religión o creencia alguna.
De su aplicación se sigue que, si las jóvenes estudiantes cometieron -no una falta o una simple falta de educación- sino un delito contra las creencias religiosas, la Iglesia católica, así como los medios afines, incurren de forma habitual en este mismo delito cuando en numerosos actos públicos denuncian la homosexualidad, se manifiestan contrarios a la igualdad de derechos de las mujeres, o consideran un asesinato la interrupción voluntaria del embarazo, ya que se trata de declaraciones en las que ofenden a todas las personas que no profesan sus mismas creencias. Si los agnósticos y ateos hubiesen ido al juzgado o a la comisaría cada vez que se han visto ridiculizados, censurados e insultados por los representantes de la iglesia y sus apologetas no habría bastantes juzgados en nuestro país para tramitar las denuncias.
Nada de esto ocurriría si las creencias religiosas se situaran en el terreno de lo privado y no se pretendieran imponer, de una u otra forma, a través de las instituciones del estado. El laicismo, lejos de ser un arma contra tal o cual religión, es una garantía del respeto del estado a la conciencia individual y es la base de una convivencia respetuosa con todas las creencias. Muy mal debe ir una religión cuando sólo se puede mantener por una posición de privilegio y de confrontación.
La presencia de capillas, crucifijos y símbolos religiosos abarca todos los espacios de nuestra vida: numerosos hospitales andaluces mantienen en lugares preferentes capillas reservadas al culto católico dentro de sus instalaciones; son muchos los institutos donde falta espacio para las clases pero tienen recintos religiosos; la Diputación de Almería está presidida por un gran Cristo crucificado y, en la toma de posesión de un buen número de Ayuntamientos andaluces, junto a la Constitución española, se coloca un crucifijo testigo de la toma de posesión de los cargos públicos. Pero la presencia más chocante y contradictoria es en la Universidad donde se proclama el pensamiento científico mientras se permanece bajo la advocación de santos y vírgenes. Por si queda alguna duda de esta incompatibilidad, el arzobispo de Granada nos ha aclarado que "la ciencia es peor que la Educación para la Ciudadanía" y ha apuntado que el origen de todos los males que aquejan a la sociedad es "el culto a la razón y la Ilustración francesa". Varios siglos después de que los ilustrados proclamaran la separación de Iglesia y Estado, todavía se debate en los claustros universitarios si se suprimen las capillas, las misas o el patronazgo de quienes defienden la superstición o el misterio frente a la ciencia. ¿De verdad estamos en el siglo XXI?
Vivimos en la ficción de pertenecer a un país laico, nos pavoneamos de nuestro avance cultural y civilizatorio pero estamos instalados en el "quiero y no puedo" de una sociedad que predica no ser confesional mientras mantiene la religión en todos sus espacios públicos e incluso reserva varios artículos en el código penal -y subrayo penal- para castigar a los que se burlen de las creencias religiosas.
El actual código penal tipifica la profanación con penas de hasta dos años de prisión y la ofensa los dogmas, creencias o ritos religiosos con penas de multa de ocho a doce meses. Un artículo ,el 525, de extraña aplicación, porque como compensación contiene una segunda parte que penaliza con iguales condenas a los que hagan públicamente escarnio de quienes no profesan religión o creencia alguna.
De su aplicación se sigue que, si las jóvenes estudiantes cometieron -no una falta o una simple falta de educación- sino un delito contra las creencias religiosas, la Iglesia católica, así como los medios afines, incurren de forma habitual en este mismo delito cuando en numerosos actos públicos denuncian la homosexualidad, se manifiestan contrarios a la igualdad de derechos de las mujeres, o consideran un asesinato la interrupción voluntaria del embarazo, ya que se trata de declaraciones en las que ofenden a todas las personas que no profesan sus mismas creencias. Si los agnósticos y ateos hubiesen ido al juzgado o a la comisaría cada vez que se han visto ridiculizados, censurados e insultados por los representantes de la iglesia y sus apologetas no habría bastantes juzgados en nuestro país para tramitar las denuncias.
Nada de esto ocurriría si las creencias religiosas se situaran en el terreno de lo privado y no se pretendieran imponer, de una u otra forma, a través de las instituciones del estado. El laicismo, lejos de ser un arma contra tal o cual religión, es una garantía del respeto del estado a la conciencia individual y es la base de una convivencia respetuosa con todas las creencias. Muy mal debe ir una religión cuando sólo se puede mantener por una posición de privilegio y de confrontación.
La presencia de capillas, crucifijos y símbolos religiosos abarca todos los espacios de nuestra vida: numerosos hospitales andaluces mantienen en lugares preferentes capillas reservadas al culto católico dentro de sus instalaciones; son muchos los institutos donde falta espacio para las clases pero tienen recintos religiosos; la Diputación de Almería está presidida por un gran Cristo crucificado y, en la toma de posesión de un buen número de Ayuntamientos andaluces, junto a la Constitución española, se coloca un crucifijo testigo de la toma de posesión de los cargos públicos. Pero la presencia más chocante y contradictoria es en la Universidad donde se proclama el pensamiento científico mientras se permanece bajo la advocación de santos y vírgenes. Por si queda alguna duda de esta incompatibilidad, el arzobispo de Granada nos ha aclarado que "la ciencia es peor que la Educación para la Ciudadanía" y ha apuntado que el origen de todos los males que aquejan a la sociedad es "el culto a la razón y la Ilustración francesa". Varios siglos después de que los ilustrados proclamaran la separación de Iglesia y Estado, todavía se debate en los claustros universitarios si se suprimen las capillas, las misas o el patronazgo de quienes defienden la superstición o el misterio frente a la ciencia. ¿De verdad estamos en el siglo XXI?
CONCHA CABALLERO 26/03/2011
Teoría y realidad de la ley contra el fumador

Quizá no por entero, pero en aspectos importantes la "Ley 42/2010, de 30 de diciembre, por la que se modifica la Ley 28/2005, de 26 de diciembre, de medidas sanitarias frente al tabaquismo", etcétera, etcétera, es un golpe bajo a la libertad, una muestra de estolidez y una vileza. Vayamos, brevísimamente, por partes, y en cada una con solo un par de calas.
Golpe bajo. Dejemos de lado que no pocos de los argumentos contra el tabaco carecen de rigor científico y son simple fruto del desconocimiento, por las actuales insuficiencias de la investigación. (Como cuando hace unos años el aceite de oliva se consideraba malo para el colesterol y se excluía de la "sana dieta mediterránea" en la que hoy tanto se ponderan sus virtudes). Concedamos asimismo que la prohibición de fumar en muchos lugares públicos es una medida juiciosa. En muchos, sí, bien está, pero ¿en todos?
A los fumadores en ejercicio se les veta la entrada en multitud de sitios, mientras a nadie se le fuerza a ir a los bares o restaurantes que aquellos elijan. ¿Cuál es el problema para que los fumadores -clientes, dependientes y dueños- dispongan de lugares en que los no fumadores sean libres de no entrar? Cada uno puede hacer de su capa un sayo: contra su voluntad no hay por qué protegerlo de vagos peligros. Más de las tres cuartas partes de los españoles da por buena la existencia de locales para fumadores. La ley de marras es una efectiva restricción de la libertad y un estorbo a la conllevancia.
Estolidez. Los redactores de la ley confirman clamorosamente la opinión que de los políticos tiene la mayoría de los ciudadanos. La torpeza preside en especial la lista de espacios vedados al tabaco. Es patente que el legislador ha ido señalándolos a voleo, según se le pasaban por la cabeza, sin ninguna preocupación por el orden y la congruencia.
El artículo séptimo, así, cataloga los tales espacios desde la letra a hasta la equis. Al llegar a la erre menciona las "Estaciones de servicio y similares". A continuación, en la ese, introduce una disposición universal y omnicomprensiva: "Cualquier otro lugar en el que, por mandato de esta ley o de otra norma o por decisión de su titular, se prohíba fumar". Parece que ahí debiera acabarse la cosa. Pero no, el inventario vuelve a la enumeración particular: "Hoteles, hostales y establecimientos análogos", etcétera, etcétera. Para acabar majestuosamente: "En todos los demás espacios cerrados de uso público o colectivo". En comparación, la enciclopedia china de Borges es un modelo de lógica: "Los animales se dividen en a/ pertenecientes al Emperador, b/ embalsamados, c/ amaestrados, d/ lechones...".
De las luces que exhiben los parlamentarios reos del texto baste solo otro espécimen: según el artículo octavo, quien en un hotel quiera el desayuno en su habitación de fumador tendrá que salir de ella para que el camarero se lo sirva y que volver a entrar cuando el camarero salga.
Vileza. Domina la ley el espíritu persecutorio, en un horizonte de entredichos y busca de culpabilidades ("incluso en los supuestos de infracciones cometidas por menores"), de aliento a la intolerancia y la discordia, y de cerrazón sectaria a la realidad de la vida y de los hombres.
En la España de otros tiempos se llamaba malsín al que "de secreto avisa a la justicia de algunos delitos con mala intención y por su propio interés". Es un hecho que la ley y las incitaciones de la ministra de Sanidad están abriendo ya la puerta a los malsines. Nada tan fácil como la delación movida por conveniencias innobles, inquinas o malhumores, y anónima o presentada con una falsa identidad: no hay más que enviarla a cualquiera de las diligentes webs que le darán curso sin comprobar (así lo pregonan) "la veracidad de los datos expuestos por el denunciante". No se trata de una presunción: insisto, es ya un hecho.
Donde la actitud inquisitorial y el celo puritano se precipitan vertiginosamente hacia la vileza es en el nuevo artículo 7 c, que generaliza la interdicción en los "centros, servicios o establecimientos sanitarios, así como en los espacios al aire libre o cubiertos comprendidos en sus recintos". En ningún otro sitio estaría más justificado que ahí fijar lugares y excepciones para fumar (también marihuana). Pero los padres de la patria, hijos de moralinas abstractas y huérfanos de toda comprensión humana, desprecian las personas y las situaciones reales.
En las cárceles y en los psiquiátricos está autorizado fumar "en las zonas exteriores" o en "salas cerradas habilitadas al efecto". A los viejos y discapacitados se les permite en las áreas ad hoc de los asilos, aunque de ningún modo al aire libre ni en sus habitaciones. Con los enfermos hospitalizados no hay la mínima complacencia. A los padecimientos que comporta verse en tal situación, el legislador añade, ensañándose, la tortura de la abstinencia. "¡Qué escándalo -debe de juzgar-, satisfacer los bajos apetitos de un paciente terminal -de cáncer de pulmón, pongamos- que no piensa en otra cosa que en echarse unos pitillos!". Con absoluta desestima de los datos, de la voluntad y el sufrimiento ajenos, sacrifica al individuo cercano en el altar de un remoto ideal genérico. Líbrenos Dios de los altos principios.
P.S. En mi vida he fumado un solo cigarrillo.
Golpe bajo. Dejemos de lado que no pocos de los argumentos contra el tabaco carecen de rigor científico y son simple fruto del desconocimiento, por las actuales insuficiencias de la investigación. (Como cuando hace unos años el aceite de oliva se consideraba malo para el colesterol y se excluía de la "sana dieta mediterránea" en la que hoy tanto se ponderan sus virtudes). Concedamos asimismo que la prohibición de fumar en muchos lugares públicos es una medida juiciosa. En muchos, sí, bien está, pero ¿en todos?
A los fumadores en ejercicio se les veta la entrada en multitud de sitios, mientras a nadie se le fuerza a ir a los bares o restaurantes que aquellos elijan. ¿Cuál es el problema para que los fumadores -clientes, dependientes y dueños- dispongan de lugares en que los no fumadores sean libres de no entrar? Cada uno puede hacer de su capa un sayo: contra su voluntad no hay por qué protegerlo de vagos peligros. Más de las tres cuartas partes de los españoles da por buena la existencia de locales para fumadores. La ley de marras es una efectiva restricción de la libertad y un estorbo a la conllevancia.
Estolidez. Los redactores de la ley confirman clamorosamente la opinión que de los políticos tiene la mayoría de los ciudadanos. La torpeza preside en especial la lista de espacios vedados al tabaco. Es patente que el legislador ha ido señalándolos a voleo, según se le pasaban por la cabeza, sin ninguna preocupación por el orden y la congruencia.
El artículo séptimo, así, cataloga los tales espacios desde la letra a hasta la equis. Al llegar a la erre menciona las "Estaciones de servicio y similares". A continuación, en la ese, introduce una disposición universal y omnicomprensiva: "Cualquier otro lugar en el que, por mandato de esta ley o de otra norma o por decisión de su titular, se prohíba fumar". Parece que ahí debiera acabarse la cosa. Pero no, el inventario vuelve a la enumeración particular: "Hoteles, hostales y establecimientos análogos", etcétera, etcétera. Para acabar majestuosamente: "En todos los demás espacios cerrados de uso público o colectivo". En comparación, la enciclopedia china de Borges es un modelo de lógica: "Los animales se dividen en a/ pertenecientes al Emperador, b/ embalsamados, c/ amaestrados, d/ lechones...".
De las luces que exhiben los parlamentarios reos del texto baste solo otro espécimen: según el artículo octavo, quien en un hotel quiera el desayuno en su habitación de fumador tendrá que salir de ella para que el camarero se lo sirva y que volver a entrar cuando el camarero salga.
Vileza. Domina la ley el espíritu persecutorio, en un horizonte de entredichos y busca de culpabilidades ("incluso en los supuestos de infracciones cometidas por menores"), de aliento a la intolerancia y la discordia, y de cerrazón sectaria a la realidad de la vida y de los hombres.
En la España de otros tiempos se llamaba malsín al que "de secreto avisa a la justicia de algunos delitos con mala intención y por su propio interés". Es un hecho que la ley y las incitaciones de la ministra de Sanidad están abriendo ya la puerta a los malsines. Nada tan fácil como la delación movida por conveniencias innobles, inquinas o malhumores, y anónima o presentada con una falsa identidad: no hay más que enviarla a cualquiera de las diligentes webs que le darán curso sin comprobar (así lo pregonan) "la veracidad de los datos expuestos por el denunciante". No se trata de una presunción: insisto, es ya un hecho.
Donde la actitud inquisitorial y el celo puritano se precipitan vertiginosamente hacia la vileza es en el nuevo artículo 7 c, que generaliza la interdicción en los "centros, servicios o establecimientos sanitarios, así como en los espacios al aire libre o cubiertos comprendidos en sus recintos". En ningún otro sitio estaría más justificado que ahí fijar lugares y excepciones para fumar (también marihuana). Pero los padres de la patria, hijos de moralinas abstractas y huérfanos de toda comprensión humana, desprecian las personas y las situaciones reales.
En las cárceles y en los psiquiátricos está autorizado fumar "en las zonas exteriores" o en "salas cerradas habilitadas al efecto". A los viejos y discapacitados se les permite en las áreas ad hoc de los asilos, aunque de ningún modo al aire libre ni en sus habitaciones. Con los enfermos hospitalizados no hay la mínima complacencia. A los padecimientos que comporta verse en tal situación, el legislador añade, ensañándose, la tortura de la abstinencia. "¡Qué escándalo -debe de juzgar-, satisfacer los bajos apetitos de un paciente terminal -de cáncer de pulmón, pongamos- que no piensa en otra cosa que en echarse unos pitillos!". Con absoluta desestima de los datos, de la voluntad y el sufrimiento ajenos, sacrifica al individuo cercano en el altar de un remoto ideal genérico. Líbrenos Dios de los altos principios.
P.S. En mi vida he fumado un solo cigarrillo.
Francisco Rico es miembro de la Real Academia Española.
Japón, pánico y desastre

Primero la conmoción, luego la magnitud del desastre. Incredulidad, abatimiento. Soledad. La de miles de personas que deambulan, que escaparon a la violencia de un terremoto y un tsunami devastador. Dos minutos interminables. La vida que pasa por la mente de cada uno. Miles de recuerdos se agolpan y hacinan en cuestión de milésimas. Con el paso de las horas se evidencia la tragedia. Una tragedia que retrotrae a los japoneses al final de la segunda guerra mundial. Y como en aquellas horas trágicas, de nuevo la pesadilla nuclear. Esta vez energía nuclear para usos civiles. Reactores que están ya en fusión en su núcleo. Otra nuclear que asoma su carga mortífera. Pánico, miedo a una explosión descontrolada. Puede suceder. Ojalá no lo haga nunca. Todo escapa al hombre. Somos frágiles, débiles, pero no lo creemos, no queremos. La naturaleza cobra su tributo en vidas humanas, en desastres naturales. No tiene sensibilidad, tampoco medida. Japón es un país y un territorio perfectamente sísmico. Pero por muchos temblores que existan nunca el ser humano está preparado para la tragedia.
Pueblos y ciudades fantasmas. Miles de desaparecidos a los que ahora se suman los cientos de miles de evacuados por el riesgo nuclear y la contaminación. Japón contiene el aliento, el mundo mira de frente. La amenaza es ingente. Nadie sabe lo que puede suceder en las próximas horas, en los próximos días. Ahora mismo lo económico y las pérdidas en recursos humanos, materiales, industriales, pasan momentáneamente a un segundo plano ante lo que puede suceder. Lecciones amargas, terriblemente dramáticas. Y la memoria se retrotrae sin querer a agosto de 1945. Devastación, hongo, muerte y silencio.
El país sigue sumido en una profunda crisis política y económica que dura prácticamente dos décadas. El despertar del sol naciente languideció en los noventa, acompañado de una volátil, sectaria y corrupta clase política. La impotencia y la incapacidad, la falta de regeneración, la trinchera política han hecho el resto, minar puentes, entendimientos que llevaron al país a ser la segunda potencia económica mundial, cuna de investigación y desarrollo. Hoy es una sombra de aquello que fueron, aún siendo la tercera potencia económica mundial. Pero en retroceso. Las huellas de este desastre llevará al país a unos años verdaderamente difíciles, con un déficit brutal que engordará al lacerante que ya tiene y que devora y supera en más de un 200% el PIB.
Esta catástrofe sin duda unirá, como en el pasado, al sabio pueblo japonés. Veremos si los políticos son capaces de estar a la altura. El país está paralizado, lo están sus fábricas, sus industrias, su energía, su fuerza y su entusiasmo. La reconstrucción costará decenas de miles de millones de euros. Tardará años, requerirá una gran inversión pública para estimular la economía y el desarrollo, la infraestructura material y natural, comunicaciones, recursos, suministros, etc.
Solo lo que tendrán que pagar las grandes reaseguradoras mundiales ante estos riesgos extraordinarios será multimillonario y solo el reaseguramiento mundial permite que no concursen o quiebren en cadena.
En apenas dos minutos y medio la noche cubrió de repente la claridad de un día en que las aguas arrasaron vidas, ciudades, empleos, ilusiones y futuro. Nos despertó todos de nuestra fragilidad y nuestra dolosa ignorancia. La naturaleza no tiene piedad cuando se enfurece. Somos de carne y hueso, barro y arcilla quebradiza. Vidas enteras se han truncado. Casas, pueblos, ciudades, esperanzas efímeras. Japón y su pueblo superarán esta tragedia, tardarán años, quizás una década. Es la hora del liderazgo y de la solidaridad, de escoger el trigo de la paja, de superar la adversidad y las diferencias.
Pueblos y ciudades fantasmas. Miles de desaparecidos a los que ahora se suman los cientos de miles de evacuados por el riesgo nuclear y la contaminación. Japón contiene el aliento, el mundo mira de frente. La amenaza es ingente. Nadie sabe lo que puede suceder en las próximas horas, en los próximos días. Ahora mismo lo económico y las pérdidas en recursos humanos, materiales, industriales, pasan momentáneamente a un segundo plano ante lo que puede suceder. Lecciones amargas, terriblemente dramáticas. Y la memoria se retrotrae sin querer a agosto de 1945. Devastación, hongo, muerte y silencio.
El país sigue sumido en una profunda crisis política y económica que dura prácticamente dos décadas. El despertar del sol naciente languideció en los noventa, acompañado de una volátil, sectaria y corrupta clase política. La impotencia y la incapacidad, la falta de regeneración, la trinchera política han hecho el resto, minar puentes, entendimientos que llevaron al país a ser la segunda potencia económica mundial, cuna de investigación y desarrollo. Hoy es una sombra de aquello que fueron, aún siendo la tercera potencia económica mundial. Pero en retroceso. Las huellas de este desastre llevará al país a unos años verdaderamente difíciles, con un déficit brutal que engordará al lacerante que ya tiene y que devora y supera en más de un 200% el PIB.
Esta catástrofe sin duda unirá, como en el pasado, al sabio pueblo japonés. Veremos si los políticos son capaces de estar a la altura. El país está paralizado, lo están sus fábricas, sus industrias, su energía, su fuerza y su entusiasmo. La reconstrucción costará decenas de miles de millones de euros. Tardará años, requerirá una gran inversión pública para estimular la economía y el desarrollo, la infraestructura material y natural, comunicaciones, recursos, suministros, etc.
Solo lo que tendrán que pagar las grandes reaseguradoras mundiales ante estos riesgos extraordinarios será multimillonario y solo el reaseguramiento mundial permite que no concursen o quiebren en cadena.
En apenas dos minutos y medio la noche cubrió de repente la claridad de un día en que las aguas arrasaron vidas, ciudades, empleos, ilusiones y futuro. Nos despertó todos de nuestra fragilidad y nuestra dolosa ignorancia. La naturaleza no tiene piedad cuando se enfurece. Somos de carne y hueso, barro y arcilla quebradiza. Vidas enteras se han truncado. Casas, pueblos, ciudades, esperanzas efímeras. Japón y su pueblo superarán esta tragedia, tardarán años, quizás una década. Es la hora del liderazgo y de la solidaridad, de escoger el trigo de la paja, de superar la adversidad y las diferencias.
Abel Veiga Copo - 15/03/2011
viernes, 18 de marzo de 2011
Las últimas horas del déspota

Qué pasa por la mente de un dictador en los últimos días, horas y minutos que preceden a su caída e inesperadamente le hunden en el muladar de la historia? ¿Cómo asimila el inimaginable pero real espectáculo de su amado pueblo vociferando contra él y quemando o pisoteando con furia su ubicuo retrato?
El proceso mental de un dictador ante su caída sería un tema literario fascinante. El tema es fascinante y si fuera un autor joven, con el potencial creativo intacto, trataría de expresarlo mediante un monólogo interior que mezclaría tiempos y espacios, imágenes de pasadas glorias y de presente hostil: desfiles victoriosos, tribunas de honor, recepciones palaciegas, besos lanzados al pueblo exultante de dicha, embriaguez de un poder sin límites y por consiguiente sin otro final plausible que el de una apoteosis en el lecho de muerte, rodeado de los suyos y de jefes de Estado en medio de expresiones de dolor y de llanto, ¡todo ello abolido de golpe por lo que Marx denominaba astucias de la historia!
La idea me tentó durante el derrocamiento y ejecución de los Ceausescu y me acucia de nuevo en ese vendaval de libertad que sacude a los países árabes y derriba como títeres de feria a sus dictadores y sátrapas. No ya a la manera biográfica de excelentes novelas como Yo el Supremo o La Fiesta del Chivo, sino del vértigo de un presente atemporal que discurre entre escabrosidades, remolinos y saltos de agua. El paso brusco de un matrimonio Ben Ali-Trabelsi todo mieles a la imagen desencajada del déspota en sus últimas apariciones ante la cámara, o del faraón benévolo en la plenitud de su magnificencia a la del viejo titubeante empujado a la escalerilla del avión que va a transportarlo a su inseguro destierro, invitan a una creatividad visual que puede transmutarse en literatura mediante el juego de la alternancia: los grandes sillones de respaldo dorado y terciopelo grana, diseñados, se diría, para el grato reposo de nalgas presidenciales o soberanas en contraposición con las chozas misérrimas del pueblo que supuestamente reverencia a quienes se acomodan en ellos; la sonrisa fija, sin destinatario preciso, de un Ben Ali momificado, con corbata y peluquín abrillantado en acorde perfecto, seguida de un plano del agonizante Mohamed Buazizi tendido en el lecho del hospital tras su inmolación crística abren para todo creador un campo de posibilidades casi infinitas.
Pero es el cambio gradual del joven coronel libio que dio el golpe de Estado contra la monarquía hace 42 años en el mascarón grotesco que incitaba a sus últimos fieles a exterminar a las "ratas" en sus escondrijos y levantaba el puño con rabia el que más y mejor se presta a un soliloquio en la vena del Ulises joyciano: el de un tirano asediado por recuerdos de su ensalzamiento a líder mundial y a quien sus pares, sedientos de petróleo, recibían con sonrisas y abrazos, en un stream of conciousness cuya corriente impetuosa mezclaría atropelladamente sus delirios de rey de África, los cadáveres ahorcados de centenares de opositores, las mazmorras subterráneas de su palacio de Bengasi, las declaraciones de amor a su pueblo, la transformación de la gran república de las masas popular y democrática en patrimonio familiar de él y sus hijos. La acronía del relato y el recurso a la gramática transformativa para transitar de una estructura oracional a otra serían el cauce de esta reproducción aleatoria de las vivencias confusas del autoproclamado Padre de los Libios: el terror a las hechiceras de Macbeth y a los complós de sus amados súbditos, el fundido de su jaima instalada en el corazón de las capitales europeas y sus celdas de tortura, del juicio siniestro de las enfermeras búlgaras y el rostro radiante de su cuidadora ucrania. El desafío creativo exigirá mucho esfuerzo y trabajo pero no dudo de que un día u otro algún novelista árabe lo acometerá.
Entretanto, y mientras se desconoce aún el final previsiblemente sangriento del coronel libio, deberemos contentarnos con los culebrones que tanto gustan en los países árabes y no árabes. ¿Quién encarnará el papel de la expeluquera aupada al rango de reina y señora de Túnez? ¿Acudirá al banco a sacar el dinero que atesora despeinada, convulsa y con el rostro deshecho? ¿Habrá una escena de reproches recíprocos entre ella y el ya achacoso marido? ¿Qué actores desempeñarán la función de mafiosos del todopoderoso clan Trabelsi? ¿Escucharemos sus gritos de cólera en el momento de la estampida? ¿Los veremos, mordiéndose las uñas de despecho, en su deshonroso exilio?
Y, si de Túnez pasamos a El Cairo, imaginamos ya la telenovela del próximo Ramadán. La ambiciosa señora Mubarak acusando de ineptitud a su marido, el hijo bueno o menos ladrón arremetiendo contra la cleptocracia instaurada por su madre y su hermano Gamal; los fieles que intentan cambiar de chaqueta a última hora y se hunden con el barco; el rostro incrédulo del que se creyó rey de por vida y ve hundida su obra y secuestrados sus bienes en el extremo sur del Sinaí bíblico.
Un acontecimiento histórico de la magnitud del que hoy vive el mundo árabe hallará un día el creador que con serenidad y maestría dé cuenta de él a los lectores futuros.
El proceso mental de un dictador ante su caída sería un tema literario fascinante. El tema es fascinante y si fuera un autor joven, con el potencial creativo intacto, trataría de expresarlo mediante un monólogo interior que mezclaría tiempos y espacios, imágenes de pasadas glorias y de presente hostil: desfiles victoriosos, tribunas de honor, recepciones palaciegas, besos lanzados al pueblo exultante de dicha, embriaguez de un poder sin límites y por consiguiente sin otro final plausible que el de una apoteosis en el lecho de muerte, rodeado de los suyos y de jefes de Estado en medio de expresiones de dolor y de llanto, ¡todo ello abolido de golpe por lo que Marx denominaba astucias de la historia!
La idea me tentó durante el derrocamiento y ejecución de los Ceausescu y me acucia de nuevo en ese vendaval de libertad que sacude a los países árabes y derriba como títeres de feria a sus dictadores y sátrapas. No ya a la manera biográfica de excelentes novelas como Yo el Supremo o La Fiesta del Chivo, sino del vértigo de un presente atemporal que discurre entre escabrosidades, remolinos y saltos de agua. El paso brusco de un matrimonio Ben Ali-Trabelsi todo mieles a la imagen desencajada del déspota en sus últimas apariciones ante la cámara, o del faraón benévolo en la plenitud de su magnificencia a la del viejo titubeante empujado a la escalerilla del avión que va a transportarlo a su inseguro destierro, invitan a una creatividad visual que puede transmutarse en literatura mediante el juego de la alternancia: los grandes sillones de respaldo dorado y terciopelo grana, diseñados, se diría, para el grato reposo de nalgas presidenciales o soberanas en contraposición con las chozas misérrimas del pueblo que supuestamente reverencia a quienes se acomodan en ellos; la sonrisa fija, sin destinatario preciso, de un Ben Ali momificado, con corbata y peluquín abrillantado en acorde perfecto, seguida de un plano del agonizante Mohamed Buazizi tendido en el lecho del hospital tras su inmolación crística abren para todo creador un campo de posibilidades casi infinitas.
Pero es el cambio gradual del joven coronel libio que dio el golpe de Estado contra la monarquía hace 42 años en el mascarón grotesco que incitaba a sus últimos fieles a exterminar a las "ratas" en sus escondrijos y levantaba el puño con rabia el que más y mejor se presta a un soliloquio en la vena del Ulises joyciano: el de un tirano asediado por recuerdos de su ensalzamiento a líder mundial y a quien sus pares, sedientos de petróleo, recibían con sonrisas y abrazos, en un stream of conciousness cuya corriente impetuosa mezclaría atropelladamente sus delirios de rey de África, los cadáveres ahorcados de centenares de opositores, las mazmorras subterráneas de su palacio de Bengasi, las declaraciones de amor a su pueblo, la transformación de la gran república de las masas popular y democrática en patrimonio familiar de él y sus hijos. La acronía del relato y el recurso a la gramática transformativa para transitar de una estructura oracional a otra serían el cauce de esta reproducción aleatoria de las vivencias confusas del autoproclamado Padre de los Libios: el terror a las hechiceras de Macbeth y a los complós de sus amados súbditos, el fundido de su jaima instalada en el corazón de las capitales europeas y sus celdas de tortura, del juicio siniestro de las enfermeras búlgaras y el rostro radiante de su cuidadora ucrania. El desafío creativo exigirá mucho esfuerzo y trabajo pero no dudo de que un día u otro algún novelista árabe lo acometerá.
Entretanto, y mientras se desconoce aún el final previsiblemente sangriento del coronel libio, deberemos contentarnos con los culebrones que tanto gustan en los países árabes y no árabes. ¿Quién encarnará el papel de la expeluquera aupada al rango de reina y señora de Túnez? ¿Acudirá al banco a sacar el dinero que atesora despeinada, convulsa y con el rostro deshecho? ¿Habrá una escena de reproches recíprocos entre ella y el ya achacoso marido? ¿Qué actores desempeñarán la función de mafiosos del todopoderoso clan Trabelsi? ¿Escucharemos sus gritos de cólera en el momento de la estampida? ¿Los veremos, mordiéndose las uñas de despecho, en su deshonroso exilio?
Y, si de Túnez pasamos a El Cairo, imaginamos ya la telenovela del próximo Ramadán. La ambiciosa señora Mubarak acusando de ineptitud a su marido, el hijo bueno o menos ladrón arremetiendo contra la cleptocracia instaurada por su madre y su hermano Gamal; los fieles que intentan cambiar de chaqueta a última hora y se hunden con el barco; el rostro incrédulo del que se creyó rey de por vida y ve hundida su obra y secuestrados sus bienes en el extremo sur del Sinaí bíblico.
Un acontecimiento histórico de la magnitud del que hoy vive el mundo árabe hallará un día el creador que con serenidad y maestría dé cuenta de él a los lectores futuros.
Juan Goytisolo.
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